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REFLEXIONES SOBRE
ITINERARIOS COTIDIANOS

Ingrid López Wolf.

Fotografías realizadas por la autora en las calles citadas en el artículo
en los días de su redacción. Un ejemplo del uso del espacio público en relación a la basura.

Una mañana de domingo en pleno centro de Madrid capital, caminando
por
las calles a primera hora dónde son más visibles (antes de ser recogidas por basurero/as o
barredero/as) las montañas de desperdicios de los vecinos, turistas y transeúntes. Un cúmulo de objetos 
y residuos tirados, perdidos o abandonados en la calle o solares como
zonas de nadie. Acaso ¿sabemos en nuestro actual mundo tecnológico y abundante en información hasta qué punto nuestra forma de vida y de librarnos de los deshechos al final acaba salpicándonos?

Andando por la ciudad observamos las huellas que dejan nuestros hábitos de consumo y nos cuestionamos de dónde vienen estos. En relación con la distinción usar-tirar/usar-reciclar, caminando por el barrio de las Letras nos llamó la atención una bombilla de bajo consumo apoyada en el pie de un árbol (en el pequeño trozo de tierra sobre la que enraíza el árbol de ciudad rodeado de cemento). Allí estaba colocada en vertical, frágil y solitaria la bombilla. Cualquier transeúnte podría tropezar con ella y romperse. Este hecho nos asombró y nos llevó a una serie de interpretaciones sobre por qué abandonar una bombilla de bajo consumo en ese lugar tan fuera de lugar. No podíamos acceder a las razones y significados por parte del que depositó la bombilla, pero surgieron dos cuestiones: por un lado, la pérdida del bien común a favor del individualismo y por otro, la resistencia a la autoridad.

Una bombilla de bajo consumo ahorra energía, pero también contiene mercurio y si se rompe es potencialmente contaminante ¿Lo sabemos los ciudadanos? ¿Somos los ciudadanos del siglo XXI más ecológicos y más éticos con el medio ambiente en las prácticas cotidianas? Se habla de problemas globales como la sostenibilidad del planeta y localmente se trabaja e implantan programas medioambientales y de desarrollo, así como políticas que intentan gestionar y organizar los residuos de estos espacios de flujo a la par que educar al respecto, con campañas concretas. Entonces ¿cómo podemos interpretar el hecho de la bombilla apoyada en el madrileño árbol?

No nos vamos a plantear si la basura es buena o mala ni tampoco “el etnocentrismo del enfoque civilizador de la basura” del que nos habla Gil Vila (2005) pero sí analizar los diferentes significados que produce en caminantes y habitantes de Madrid.

 

LAS HUELLAS EN LA CIUDAD

Hay unos objetos pequeños (a veces minúsculos) y constantes, en nuestros itinerarios cotidianos: las colillas. Sí no te fijas, pasan desapercibidas. Con la aceleración de la vida cotidiana en las ciudades, el caminar se convierte en numerosas ocasiones en un movimiento dentro del flujo de ciudadanos que transitamos de un lugar a otro. Llevados por un ritmo donde la rapidez es aplaudida y la idea de perder tiempo significa estar descompasado con el orden de las cosas, (Ortiz, 1994). Esta es una de las razones por las que es menos probable que reparemos en estas  minúsculas huellas, además de estar normalizado el verlas como parte del paisaje. Las colillas son los restos de los cigarros que se consumen y se tiran a la calle acabando en las alcantarillas, en diferentes orificios de espacio urbano, o recogidos por barrenderos cumpliendo su servicio de limpieza… Son las huellas de uno de nuestros hábitos más comunes, el de fumadores que consumen tabaco y apagan en los ceniceros u otros espacios que son usados como si fueran receptáculos para las colillas. Observamos que el suelo de la calle, tanto de las aceras como las calzadas hacen de cenicero en contadas ocasiones. Al igual que los adoquines de la Plaza Mayor, algunos alféizares de ventanas de bajos o sótanos, debajo y alrededor de las mesas de terrazas (independientemente de que las mesas tengan su correspondiente cenicero de pie o de mesa), maceteros de un restaurante en Plaza del Ángel o los alcorques, ese trocito de tierra donde está plantado el árbol urbano, todos ellos transformándose en ceniceros improvisados.

Según un artículo de La Voz de Galicia publicado en el Día Mundial del Medio Ambiente de 2017 cada año se consumen en el mundo seis trillones de cigarrillos y la inmensa mayoría acaban tirados en calles, parques, ríos, bosques, praderas o en el mar. Cada año se tiran 4,5 trillones de colillas, la principal fuente de basura en el mundo.

En el distrito de Moncloa podemos observar alguna papelera con cenicero, mobiliario del Ayuntamiento, puesta en una farola situada entre árboles. La distribución aproximada en la mayoría de los casos es de cuatro árboles y una papelera con cenicero incluido. Se ven las colillas en los pies de los árboles, debajo de los bancos, alrededor de las marquesinas de las paradas de bus o en entradas de metro. Esperando a cruzar un paso de cebra con un semáforo en verde, reparo en dos peatones que están aguantando a que se ponga en rojo, consumiendo ansiosamente sus cigarrillos, imbuidos en ese ethos de lo fugaz del que nos hablaba Ortiz (1994). El cambio de color hace que arrojen las colillas a la calzada, sin apagarlas, para arrancar a la carrera. Es el ritmo de una mañana, jueves a las once horas, en el barrio de Argüelles de la Moncloa, distrito de mucho tránsito y movimiento.

El caminar urbano puede ir acompañado (si no vas en modo productivo veloz) del placer de estar fuera, en el espacio público y compartido, y con la imprevisibilidad e incógnita de con quién y con qué te vas a encontrar. Con este espíritu nos lanzamos a caminar para explorar las huellas que dejamos los ciudadanos por las calles de Madrid. Sí queremos encontrárnoslas debemos intentar adelantarnos a esos trabajadores, héroes casi invisibles, que se afanan en limpiar las calles, antes de que los ciudadanos despierten y las hordas de turistas ocupen las vías, plazas y terrazas del Madrid Central.

Un 23 de diciembre, domingo, a  puertas de estrenar las Navidades 2018:  las siete y media de la mañana es
la hora elegida para encontrarnos con los nocturnos (aún no ha salido el sol) limpiadores de las calles del distrito Centro de Madrid. Según el artículo
La basura ahoga Madrid (www.elpais.com/madrid del 24/12/18), dentro de la capital el distrito que más basura genera es el del Centro, el que menos el de Moratalaz y cada madrileño produce de media 370 kilos de residuos al año.

En la Plaza de Jacinto Benavente los agentes de limpieza y zonas verdes del Ayuntamiento recogen los residuos del suelo. Desde que han terminado las obras de peatonalización de la calle Carretas se avistan sobre todo  colillas y abundan las latas en el suelo público. Zonas cómo la entrada-bajada del parquin de Jacinto Benavente (al lado de los cines Ideal) se convierten en puntos negros de basuras, quizás porque estas resbalan y caen por la inclinada calzada traídas por el viento o arrastradas por las ruedas de los coches en movimiento, acumulándose más residuos de lo habitual. Cristales rotos de una noche loca, latas de cerveza, frecuentes en todos los rincones de camino hacia Tirso de Molina, donde una Agente de limpieza me comenta que en el Centro se genera mucha basura porque es Zona de botellón: “sobre todo en las plazas o calles me encuentro con restos de comida, con botellas, con latas de cerveza, botellas de licores… muchas, muchas, muchas colillas porque es lo más liviano y también, la gente tiene la costumbre de dejar restos de comida en todos lados menos en las papeleras. Me encuentro con mucha ropa tirada pero lo que más le llama la atención son las colillas, aparte de muchos cartones…” dice mientras no para de barrer las hojas de los plátanos mezclados con los pitillos. También agrega que se encuentra con vómitos y excrementos.

¿Sabemos que existe una Ordenanza de Limpieza de los Espacios Públicos y Gestión de Residuos Marginal?

 

Ayuntamiento de Madrid. 24/03/2009. núm. 5904 .

 

CAPÍTULO 2º. ACTUACIONES NO PERMITIDAS.

Artículo 13. Prohibición de ensuciar el espacio público:

1. Se prohíbe abandonar en la vía pública o, en general, en cualquier espacio público, cualquier tipo de residuo, así como realizar cualquier otra conducta que pueda ensuciar la vía o espacios públicos o ir en detrimento de su higiene y aseo.

2. Los residuos de pequeño tamaño, tales como colillas, cáscaras, chicles, papeles o cualquier otro residuo de entidad similar deberán ser depositados en las papeleras u otros elementos de mobiliario específicos para el depósito de residuos instalados a tal fin.

3. Se prohíbe cualquier manipulación de las papeleras que ocasione suciedad en el espacio público y, en particular, moverlas, volcarlas o arrancarlas, pintarlas, colocar en ellas carteles o pegatinas, o cualquier otro acto que las deteriore o las haga inutilizables para el uso a que están destinadas

 

¿Resistencia a la autoridad?

En el artículo Se me han quitado las ganas de orinar en la calle (www.elpais.com/madrid del 10/11/2018) podemos leer como las multas por ensuciar las calles se duplicaron en 2017 (se mantienen en 2018) y de como 773 personas han sustituido las sanciones por labores de limpieza. Es el caso de un joven madrileño al cual pillaron en “plena acción” y al que le llegó una multa de 751 euros por orinar en la calle. Cambió la sanción por tres días barriendo las calles de la capital, proceso que le llevó a exclamar, como reza el título del artículo, “se me han quitado las ganas de orinar en la calle”.

Volviendo a la céntrica Plaza de Tirso de Molina, nos despedimos de la agente de limpieza que mantiene un ritmo frenético de recogida. Se encuentran los últimos grupos de marcha. Plásticos y más plásticos en el suelo que se desplazan con el viento, desde bolsas de compra a los plásticos que precintan las latas de refrescos o cervezas, por acotar la variedad de elementos que se pueden encontrar… y cartones fuera de los contenedores usados para recoger papel. ¿Fuera de lugar? Al igual que los pitillos, parecen estar fuera de lugar, pero, como no recordar, llegados a este punto, el análisis que Mary Douglas realiza sobre los conceptos de contaminación y tabú: “La suciedad, tal como la conocemos, consiste esencialmente en desorden (…) La suciedad ofende el orden. Su eliminación no es un movimiento negativo, sino un esfuerzo positivo por organizar el entorno…”. Los cartones fuera del contenedor o dentro ¿orden o desorden? Siguiendo a la autora, nos ilumina con la idea de que “el universo entero se encuentra sometido a los intentos que hacen los hombres para obligarse unos a los otros a un buen comportamiento cívico. Así nos encontramos con que ciertos valores morales se sostienen, y ciertas reglas sociales se definen, gracias a las creencias en el contagio peligroso…”, (Douglas. 1973: 14-16).

Seguimos nuestro recorrido por la céntrica y peatonal calle de Huertas en el Barrio de las Letras. Al asomarnos a las papeleras se advierte que están casi todas vacías. Una botella de Coca-Cola de 2 litros abandonada a medio consumo, encima de un banco y sobre todo colillas y más colillas en el suelo. Latas, plásticos y más plásticos desplazados por las corrientes de aire en la calle Prado en dirección al Congreso. Los ceniceros de las papeleras están vacíos, no así el suelo, de nuevo, repleto de pequeñas colillas. Contacto con otro barrendero que me permite acompañarle por su recorrido pues no puede parar a hablar, aunque quisiera pues tiene mucha prisa. Me explica amablemente (mientras se afana en vaciar las papeleras prácticamente vacías con una gran energía, eficacia y rapidez) que necesita dejar impecable su recorrido (desde Plaza del Ángel hasta el final de la calle Huertas y aledañas) antes de que se despierten los madrileños. Me comenta que “las calles son los ceniceros…se usan de ceniceros. Las calles por donde pasa la barredora y los sopladores están más limpias” pero que en concreto hoy hay menos basura ya que  debe de haberse ido mucha gente por navidades. Cuando vas al lado de los sopladores se mueve la ceniza y huele. En este momento Madrid huele a cenicero. Son las 8:20 de la mañana del domingo y casi están listas las calles para ser disfrutadas y habitadas por los viandantes.

Ante la reflexión de que la gente tiramos donde vemos que hay basura y cuanta más hay más se acumula, el sociólogo Ignacio A. García (Consultor asociado de Focus E.C.) contesta afirmativamente a la pregunta: ¿Existe el efecto contagio? Da a entender que: “en un entorno limpio, que aparezca una lata o una botella en el suelo es difícil. En cambio, cuando hay una lata en el suelo, es mucho más fácil que aparezca la segunda. Y, si hay dos, muchísimo más fácil que aparezca la tercera”.

Otras huellas de emergentes hábitos de consumo son las que se divisan alrededor de los contenedores de papel. Son los embalajes de compras que producen excedentes de cartones, empaques de  diferentes productos sobre envueltos por Amazon y otras empresas de venta on-line, que terminan añadiéndose a los residuos de tiendas y restaurantes de la zona y compitiendo por ocupar su lugar, ordenado o desordenado, dentro o fuera de los contenedores.

Podemos atrevernos a decir que las huellas en las ciudades, las basuras, nos pueden remitir a escenarios globales y vincularlo a inquietudes sociales emergentes como el plástico en los océanos.

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